Mi león particular

Siempre me ha fascinado el circo. Aquellos sábados de tardes lluviosas de mi niñez eran tardes memorables. Desde que uno se aproximaba a la enorme carpa, todo era majestuoso. La inmensidad de aquel espacio, con los porteros recogiendo las entradas, los asientos de pista,  las gradas de madera, las luces,  los variados olores, etc. Todo aquel escenario, envuelto por la inmensa carpa, en el que los acróbatas, los funambulistas, los trapecistas, los payasos, los leones, caballos, etc. iban a  realizar una actuación impecable.

Recuerdo sentarme en la parte elevada de las gradas, para tener una visión más amplia  y para estar segura y protegida durante aquellas amenas horas. Me causaba una gran impresión contemplar como instalaban aquellas verjas para encerrar a los leones y tigres. El domador, con aquel látigo y todos aquellos imponentes animales sentados en sus tronas realizando los ejercicios y nosotros aplaudiendo con entusiasmo.

Tenía miedo de que aquellas fieras pudieran salir de aquel recinto y hacerme daño. Creía que si los leones escapaban, atacarían y comerían a los que estaban más próximos, y yo estaría a salvo.

El león, siempre me ha impactado y ha sido un animal presente a lo largo de mi vida. De hecho, una de mis pesadillas recurrentes era que tenía un león debajo de mi cama. Entonces, rápidamente  me levantaba y caminaba por un pasillo oscuro hacia la habitación de la “interna”, y allí conseguía conciliar el sueño. Ya no estaba el león.

Cuando  me hice mayor, me di cuenta de la irracionalidad de este pensamiento y comencé a cuestionarlo, ¿Cómo sabía el león mi dirección? ¿Cómo entraba en el portal? ¿Cómo sabía en qué piso vivía? ¿Y cómo entraba en mi casa?  ¿Llamaba al timbre? ¿Le abría mi madre? Vale, el león era mágico, tenía poderes.

El dormitorio de mis padres era el más cercano a la entrada. Entonces, ¿por qué no atacar a mis padres?  Pero no. Con lo grande que es el león, ¿cómo podía estar debajo de mi cama? Con su tamaño,  sería prácticamente imposible que cupiera. Además, debía ser mudo, porque no rugía. Mudo, tranquilo, y yo pongo un pie en el suelo, ¿Y no me muerde, ni me ataca?

Este proceso de cuestionar los pensamientos, y de buscar pruebas que justifiquen lo que pensamos, se llama disputa, en terapia cognitivo-conductual. En mi caso, estaba convencida de que el león me iba a atacar, pero no sucedió.  No me atrevía a despertar a mis padres por si interrumpía su descanso. Así, mi creencia me acompañó durante años. En las fobias, miedos, hay muchos y diversos pensamientos anticipatorios que creemos firmemente. Suelen ser catastrofistas, negativos y nos limitan porque en vez de enfrentarnos, huimos. Pensamos que evitando, venceremos nuestros miedos, aunque ocurre justamente todo lo contrario. Cuánto menos nos enfrentemos a nuestros miedos, más crecerá.

Los pensamientos son hipótesis, ideas que fluyen por nuestra mente. Aparecen espontáneamente y a veces son recurrentes, pero no son hechos. Si queremos conocer lo que pensamos podemos anotar o grabarlos. Y cuando lo hagan, es posible que empiecen a cuestionarse: ¿Me va a atacar el león? ¿Me va a comer? Ahora respondan y actúen en consecuencia.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Vicky dice:

    Me has sacado una sonrisa por el razonamiento lógico: «como sabe dónde vivo» «llamó al timbre» «le abrió mi madre». Me gusta

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