2020

El 2020 llega a su fin. Guardaremos en la memoria un año que puso a prueba nuestra salud física, mental, nuestra resiliencia y nuestro bienestar emocional. El futuro no estaba en nuestras manos. Nuestras expectativas, planes, deseos, ilusiones se frustraron repentinamente. Nuestra idiosincrasia cambiaba drásticamente.


Con ayuda de la filmografía, describo este año desde mi óptica personal.


El año que vivimos peligrosamente.


Sucedió una noche. Un Viernes 13 de marzo, hubo una Decisión crítica. El presidente del Gobierno anunciaba el inicio del Estado de Alarma a las 00.00 h. Un Virus, SARS-CoV-2, El enemigo público número uno no daba tregua, provocando síntomas desde leves hasta muy graves. Desafío total ante la pandemia.


Creíamos que vivíamos en Un mundo perfecto. Poder absoluto. Pero emergieron las limitaciones. No había ningún tratamiento efectivo para combatir al virus, potencialmente mortal en estos Tiempos Modernos. Se exigió el confinamiento de toda la población como medio de evitar el Contagio, empezando por dos semanas, ampliadas a seis con posterioridad. Esa inmediatez nos limitó la adaptación, la planificación adecuada de nuestras vidas.


Las cosas cambian. Cambiaron nuestras expectativas, nuestras creencias, nuestras ilusiones, nuestra forma de vida. Límite vertical, horizontal, personal, social, laboral y sanitario. Prohibido todo tipo de contacto social, salvo el estrictamente necesario. Prohibido salir. Noche y día en casa. Solo en casa, solo ante el peligro. Prisioneros en nuestras casas, tuvimos que aprender a convivir, a trabajar, a divertirnos, a socializarnos, a cuidarnos, a programar nuestros días, a manejar nuestras emociones.


No es tan fácil. Las personas sin horarios establecidos, pudieron ver incrementada la procrastinación, la desilusión, el aburrimiento, la irritación, el dolor, la falta de motivación en estos Días extraños. Uso o abuso del Teléfono, de las redes sociales, para comunicarnos, para trabajar, para divertirnos. Había que manejar el Empleo del tiempo. Cambios vitales, de hábitos de sueño, de alimentación, de ocio, de salud.


El impacto de las noticias desgarradoras no ayudaba a estabilizarnos emocionalmente. La puerta del cielo se abrió para muchas personas, jóvenes, mayores. Wall Street, la economía se desplomaba. Aumentaba el desempleo. La amenaza en la sombra continuaba e incrementaba el desasosiego, la inquietud, la preocupación, la inseguridad. ¿Hasta cuándo íbamos a continuar así?


La fuerza del cariño de nuestra familia, de nuestro Círculo de amigos nos ayudaba a combatir la soledad, la tensión. Llamadas, vídeos, nos permitían saber, ver que estaban ahí, como estaban, y sentirnos acompañados.


Calma total. La ciudad está tranquila. No había ruido, tráfico ni humo. Hora punta. A las ocho de la tarde, podíamos ver por la ventana a nuestros vecinos, mientras aplaudíamos a todos los grandes profesionales sanitarios que dedicaban todo su tiempo a ayudar, a salvar vidas.


Tan lejos, tan cerca quedaba la vida que conocíamos, la vida que nos gustaba. A finales de abril comenzó la desescalada. La puerta de la vuelta a la vida cotidiana comenzaba a abrirse. Queríamos: Volver a empezar y Una Vida sencilla. Gente corriente, deseando salir, divertirse, relacionarse con otros. Reencuentro con las personas queridas. «La nueva normalidad», con medidas restrictivas, distancia, mascarilla, gel, horarios no se asemejaba a la nuestra vida anterior, pero era un destello de luz.


Los acontecimientos vitales estresantes que vivimos, influyeron en nuestro equilibrio físico y emocional. Tantos cambios nos hicieron más vulnerables a un abanico de emociones indeseadas, dolorosas, como Máxima ansiedad, preocupación, irritabilidad, tristeza, Vértigo, estrés. Podíamos retomar nuestra vida lentamente, salir a pasear, a trabajar. El miedo continuaba. Miedo a contagiarnos, a contagiar a otros, a un posible confinamiento, a perder el trabajo, etc. A algunas personas les costó reintegrarse a su vida. Salir de su casa les generaba mucho esfuerzo y trataban de evitar el contacto. La preocupación por el presente y el futuro personal, laboral, social seguía presente en nosotros. La irritación se hacía patente con las prisas, los bocinazos. Más alicaídos, menos sonrisas y más obsesivos con el monotema: Coronavirus.


De repente el último verano, algunas personas creyeron que el virus estaba menos activo, bajaron la guardia y obviaron algunas medidas. Después de tantos meses, nos merecíamos un merecido descanso. Grita libertad. Sol, calor, días para entrar, salir, quedar con amigos, charlar, tomar algo. El otoño nos puso de nuevo en jaque. El número de personas contagiadas se incrementaba y comenzaron otras restricciones. Toque de queda, cierres perimetrales, reuniones sociales de convivientes y cierre de hostelería.


Mientras dure la guerra contra el virus, tenemos que intentar retomar nuestras vidas centrándonos en el presente, en el día a día, disfrutando de las pequeñas cosas, cuidándonos y cuidando a los demás . Intentemos pensar y actuar como un equipo y no como individuos. Así entre todos ganaremos antes esta batalla. Recuerda: La vida es bella.

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