La buena y bella conversación

Mercedes Gutiérrez-Moyano Zimmermann

Hace un año ya que el Gobierno impuso medidas muy severas para intentar frenar la pandemia del coronavirus.
La obligación del confinamiento en casa con salidas muy limitadas y restringidas provocó una forma de vida diferente, indeseada, que se prolongó durante seis semanas.
El virus nos puso a prueba. Desafió nuestro bienestar, nuestra salud física y mental, alejándonos de nuestra zona de confort.
Salvo las personas que trabajan o teletrabajaban, los demás disponíamos de mucho tiempo libre. Los días luctuosos se hacían largos. Días, horas y sin un manual de instrucciones para estar ocupados.


¿Cómo gestionar ese tiempo en casa? ¿Qué podíamos hacer para conseguir hacer más llevaderas tantas horas alejados del trabajo, de nuestra gente más próxima y querida?
El aislamiento acarreaba soledad, aburrimiento y teníamos que manejarlo. Realizar actividades es y fue una buena estrategia para manejar la desidia, la apatía y no entrar en hibernación. Ver la televisión, conectarnos a las redes sociales, cocinar, leer, hacer cursos, ejercicio físico, o tareas domésticas. Cualquier cosa para agilizar el tiempo. Se incrementó la comunicación por teléfono, vídeo, WhatsApp. Las redes sociales permitieron acercarnos y conectarnos con nuestros semejantes, sentirlos más cerca, saber más de su estado físico, anímico.


Uno de mis ejercicios diarios consistía en pasear por el pasillo de mi casa, móvil en mano mientras mantenía charlas amenas con amigos, allegados, que me permitían distraerme y hacer ejercicio. El foco central era la pandemia y todo lo relacionado con ella, pero intentaba hablar de otros temas.
También había noches con videollamadas. Ver a tu gente y mantener conversaciones triviales, sonreír o reírnos en algunos momentos ayudaba mucho.
Un día, revisando la biblioteca familiar encontré una pequeña joya escrita por Noel Clarasó en 1952, titulado «El placer de la conversación» Contiene un «formulario para hacer buena y bella la conversación» y algunas de sus instrucciones son:
– Empezar por buscar la línea de coincidencia con la otra persona.
– No monopolizar la conversación.
– Hablar de las cosas más que de las personas.
– No discutir.
– Suprimir la queja; sólo hablar cuando se puede decir algo constructivo.
– Escuchar con atención y pedir que se explique mejor todo lo que no se ha comprendido bien.
– Preguntar para interesar a los otros en la conversación.
– Hablar a los otros de aquello que saben y les interesa.
– Decir siempre a los demás aquellas palabras que pueden hacerles mejores y más felices.
– Razonar desde la cabeza del otro; o sea situarse en el punto de vista ajeno.
– Cambiar por otro nuevo y vivo el tema agotado y muerto.
– Hallar la forma de hablar bien de los otros.

Parecen obvias y elementales, ¿no? Si reconocéis muchas de estas pautas como vuestras, enhorabuena. Sino, todos podemos ser mejores conversadores y puesto que las conversaciones son uno de los ingredientes esenciales de una buena comunicación, os animo a probar y a ponerlo en práctica.

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